Triste noticia: Josele Sanchez de La Tribuna de España abandona el periodismo y se exilia por su integridad

Certificado de defunción. Me declaro vencido y desarmado

Certificado de defunción. Me declaro vencido y desarmado

Querido lector, cuando leas esta Editorial –mi última editorial periodística– espero encontrarme ya a miles de kilómetros de la patria; comienzo a escribir este artículo -sin duda el más triste de mi carrera- nada más escuchar por la megafonía del avión que ya podemos desabrocharnos los cinturones, con el corazón aún encogido por la despedida (hace tan sólo 48 horas) de la familia y de la mujer que amo, con un futuro, en manos de Dios y cargado de incertidumbres, con un amor a España que me lleva a salir huyendo de la patria antes de que sea demasiado tarde y con la triste convicción de saber que, con toda probabilidad, este es un viaje sin retorno, un vuelo de ida sin billete de vuelta, una separación de la nación a la que desde niño he amado como se ama a una mujer, apasionadamente, con lealtad, a veces incluso confundido por la ceguera que tanto amor comporta, ignorando la falta de reciprocidad en ese amor a la patria como la del cónyuge engañado que se niega a aceptar la infidelidad que todo el mundo advierte, menos él mismo. Porque yo lo he dado todo por España y la patria no ha sido en absoluto recíproca conmigo.
No sé por qué en estos momentos recuerdo a José Antonio Primo de Rivera (un hombre cuyo pensamiento político y su ejemplo ha marcado profundamente mi existencia) y pienso lo duro que debió ser escribir ese duro y hermoso Testamento, ese último escrito suyo cargado de amor fecundo a España y a los españoles, rebosante de perdón a sus verdugos, sabiendo que en un par de horas sería fusilado por un pelotón de milicianos. Tal vez me acomete ese recuerdo por comparación con este escrito: si a mí se me rompe el alma escribiendo mi último artículo, pese a saber que mañana volveré a ver salir el sol, cómo debió sentirse un hombre (de sólo 33 años) que sabía que lo que le esperaba al terminar de escribir eran las balas de los milicianos que pondrían fin a su vida. Y pese a tan dolorosa certeza, José Antonio fue capaz de pronunciar esta frase tan cargada de hombría, de generosidad y de amor inimitable a todos los españoles -sin distinción ideológica alguna-:
«Ojalá fuera mi sangre la última que se derramara en discordias civiles. Ojalá encontrara ya el pueblo español, tan rico en cualidades entrañables, la patria, el pan y la justicia«.
He pensado mucho si debía escribir un último artículo o si desaparecía sin más explicación. He pensado si sería la vanidad el motivo que me lleva a escribir estas últimas palabras. Pero por otro lado sé la polvareda que levantaría mi desaparición sin explicación alguna y la de rocambolescas explicaciones que se darían a mi repentina e injustificada evanescencia. Por otra parte no puedo ignorar la lealtad máxima de mi más directo (y reducidísimo) equipo de colaboradores, y el seguimiento que -con mayor o menor identificación con mis ideales- he llegado a tener por parte de los españoles que, en los mejores tiempos de La Tribuna de España, llegó a superar los seis millones de lectores… y es por esto por lo que me han aniquilado.
Sé que no soy -sin  duda alguna- el único disidente honesto de España pero ¡mucho cuidado con la presunta disidencia! porque tras esta tarjeta de presentación de «disidente» se esconde mucha bazofia, mucha cloaca del estado y mucha -la inmensa mayoría me atrevería a decir- «disidencia controlada«.
Acaso debería comenzar esta editorial adjudicándome el bando perdedor del último parte de guerra de Franco y decir algo así como «en el día de hoy, cautivo y desarmado el periodista Josele Sánchez, ha alcanzado el sistema su último objetivo: la disidencia ha terminado«. Pero sería un ejercicio de jactancia, y también sería una miserable falsedad, porque pese a que es cierto que me declaro vencido y desarmado por el sistemano termina conmigo (al menos eso espero) la lucha contra el putrefacto Régimen del 78, no soy el único que consagra su vida a la transformación profunda y radical de una patria engangrenada, ni quien -haciéndolo extensivo a todas las naciones del mundo- se deja lo mejor de sí mismo en una batalla sin tregua contra el Nuevo Orden Mundial que nos ha dejado huérfanos de valores, que ha envilecido a los hombres feminizándolos hasta considerar la valentía, el coraje, la caballerosidad, el patriotismo o la defensa de los suyos, como residuos de un «machismo heteropatriarcal» inexistente, pero que -gracias a la propaganda que ejerce «la prensa del sistema»- ha calado en las pocas neuronas activas que todavía le quedan a los hombres y las mujeres de España. Sin embargo yo hasta aquí he llegado.
Siempre tendré detractores que desde la burguesa facilidad de «sus vidas acomodadas» me acusarán de no haber resistido más. Juro por lo más sagrado que jamás he tenido por comparación al común de los mortales, que he pasado (y no es una metáfora, escribo literalmente cuanto he vivido), que hemos pasado mi mujer y yo -sin que nadie lo supiera, porque las penurias jamás las he sacado en procesión-, hambre y frío, y que no me he comparado con lo calientes que estarían los hogares de mis lectores, ni he pensado en lo repletas que estarían las neveras de mis compañeros de profesión, perros dóciles y muy bien retribuidos por el sistema; por el contrario, en esos momentos, recordaba a los camaradas de la División Azul, que lucharon en Leningrado, con los estómagos vacíos y a 40 grados bajo cero, y entonces hasta he sentido desprecio de mí mismo por mis quejas a Dios por el calvario por el que me estaba haciendo pasar cuando lo confrontaba con la entrega de los hombres más grandes de la patria, de aquellos a quienes «la Memoria Histórica» ha olvidado pero que dieron sus vidas por Dios y por España en la fría estepa soviética.
Lo he dado todo en esta lucha; me he dejado el poco dinero de que disponía, la salud, todas mis capacidades intelectuales, la familia y el alma. Creo que si algo no me podrá reprochar El Altísimo (pues es la suya la única justicia que reconozco) es no haberlo puesto todo: como en «la parábola de Los Talentos» de las Santas Escrituras; aproveché hasta el límite las capacidades que Dios me otorgó, y si no he podido o no he sabido llegar a más, no será por mi falta de ambición y entrega, sino por las limitaciones intelectuales que El Señor me ha dado. Creo, honestamente, que pocos guerreros habrán capaces de compararse conmigo en desprendimiento de todo lo personal para entregarse, en cuerpo y alma, a la búsqueda del pan, la patria y la justicia para todos y, de manera muy especial, para los más desfavorecidos; y digo esto hasta el punto de reconocer que, en esta entrega, me tocó escoger entre los míos y la patriami hija, mi mujer y mis hermanos, siempre podrán reprocharme no haberlos antepuesto a mis ideales y mi compromiso con una revolución ¡que he perdido!, con una vida que probablemente he desaprovechado, anhelando una patria completamente diferente para unos compatriotas absolutamente indiferentes y no merecedores de las renuncias que hice, ni del dolor que he causado (y que causo) a quienes más me quieren.
Allá cada cual con su conciencia.
Lo que juro por lo más sagrado es que no me he rendido ante el enemigo, que no me he entregado: sencilla y desgraciadamente, se me acabó la municiónEl sistema ha sabido cómo desgastarme físicamente (hasta provocarme graves problemas de salud), emocionalmente (hasta haber dudado, en muchas ocasiones, de que Dios estuviera de mi parte); el poderoso enemigo me ha destruido intelectualmente y me ha asfixiado económicamente, hasta el límite de no poder seguir pagando, siquiera, la cuota mensual del servidor desde el que publicamos este periódico.
Durante todos estos años de periodismo, admito haber cometido errores, pero puede asegurar que ninguno ha sido mal intencionado o debido a las presiones de nadie: todo lo que periodísticamente hayamos hecho mal se debe exclusivamente a mi incapacidad -o a mi falta de talento- para hacer mejor mi trabajo. Pero no es ningún culto a la vanidad reconocer, así mismo, que han sido muchísimos los éxitos periodísticos (resulta obvio que mi concepto de éxito no tiene nada que ver con la rentabilización económica que el sistema ha impuesto como sinónimo de esta palabra) que hemos conseguido, comenzando por crear un estilo de información distinto y distante al de «la prensa del sistema», un periodismo cuyo objetivo no era una cuenta de resultados económicos, sino el despertar de conciencias, una fidelidad rotunda a «contar aquello que ocurre y que otros no quieren que se sepa«.
Así las cosas -y siendo, por tanto el periodismo mi trinchera contra el sistema- me he procurado los más peligrosos enemigos por hacer públicos sus manejos que durante cuatro décadas han permanecido ocultos gracias a una prensa servil y vendida a los que de verdad mandan en España (sea el que sea el gobierno de turno).
A nadie se le escapa que de los muchísimos asuntos turbios que desde La Tribuna de España hemos descubierto y publicado, son tres, fundamentalmente, los que me han convertido en enemigo tan peligroso para el sistema: «la mafia judicial española«, el posible asesinato de Emilio Botín y los manejos del «clan Botín» como auténticos «amos» de España, y los casos de pederastia de criminales considerados como personas de reputación irreprochable -y muy especialmente-, todo lo que nos hemos atrevido a publicar respecto al «caso Bar España«.
Y el sistema no es que no me lo haya perdonado: «la mafia judicial española» y «las cloacas del estado» se han revuelto contra mí como si yo fuera el más peligroso de los enemigos, y no han cejado su empeño hasta derrotarme: así es, por duro que resulte reconocerlo: David no ha sido capaz de vencer a Golitat y el sistema ha pasado por encima mía como una trituradora.
No voy a dar detalles (que además convertirían este último Editorial en una extensa novela negra) de cuáles y cuántos han sido los ataques recibidos por  parte de «las cloacas del estado», que han ido desde la infiltración -en mi grupo más reducido y próximo- de distintos personajes, hasta la intervención de todas mis comunicaciones (no sólo telefónicas y cibernéticas), llegando a instalarme sistemas de geolocalización y escucha de todas mis conversaciones, incluso en cada uno de los muchos domicilios secretos que he tenido (y que periódicamente iba cambiando) a lo largo de estos dos últimos e interminables dos años. Y, por supuesto, también se han pasado por el forro algo tan sagrado en un Estado de Derecho como la «confidencialidad de las conversaciones entre un investigado y su letrado» y han escuchado todas mis conversaciones telefónicas con mi abogado Mario García Galindo. Resulta obvio que no puedo probarlo, así que dejo a su criterio que crean o dejen de creer cuanto les estoy contando.
Nos han echado de las redes sociales, hasta terminar robándonos la propia web de La Tribuna de España.
Nos han vencido, sus censuras en redes sociales, sus hackeos, el robo de nuestra propia web, nos ha hecho pasar de más de seis millones de lectores mensuales a menos de trescientos mil que tenemos en la actualidad. Han minimizado pues, nuestra capacidad de impacto social y han acabado con el poder de seducción de conciencias y despertar ciudadano que llegó a suponer La Tribuna de España.
Nos han inflado a querellas criminales, cuyos gastos jurídicos (pese a la extraordinaria generosidad de nuestro excelente abogado, el penalista Mario García Galindo) ya no podemos seguir asumiendo.
He tenido infiltrados, vendidos y cobardes; estos últimos tan sólo era revolucionarios de café y redes sociales, «tiraos p´alante» que han abandonado la trinchera cuando han comprobado que el enemigo no disparaba con munición de fogueo.
Ni una palabra para ellos. Ni mencionarlos siquiera. Allá cada cual con su conciencia. Como soy creyente, sé que será la Justicia Divina quien habrá de pesarles cuentas. También como soy creyente a los unos, y a los otros, intento perdonarlos… lo intento.
De cuantos se han aproximado a mí (y a veces tardando demasiado tiempo en darme cuenta) he llegado a descubrir e identificar -con nombres y apellidos- a agentes del CNI y a simples y miserables «chivatos» al servicio de Ana Patricia Botín o de «las cloacas del estado», que -en definitiva- son una misma cosa, pues en España no se mueve un papel, no se llega a un pacto de gobierno, no se nombra un ministro, ni a un miembro del Tribunal Supremo, ni al Fiscal General del Estado sin la aprobación previa del más criminal de los grupos mafiosos: el «clan Botín».
Por eso me han hecho la vida imposible hasta casi hacerme perder la cordura; con mis publicaciones, no sólo es que haya expuesto mi vida (que es algo que tengo completamente asumido), es que he convertido a mi familia en «objetivo» de unos bastardos criminales que no se detienen ante nada ni ante nadie. Me intentaron sobornar. Como no lo lograron, he sido objeto de extorsión y de chantaje -poniéndome como amenaza a aquellos a quienes más amo- hasta el punto de que he tenido que llegar a una especie de pacto (si no tácito, al menos implícito) de no publicar determinadas informaciones que guardo a muy buen recaudo, a cambio de que no me pase nada indeseado a mí (que no me importa en absoluto cuanto pudiera ocurrirme) ni a ninguno de mis familiares.
La Tribuna de España
Por eso habrá quien eche en falta que en mi último Editorial no «muera matando», y que no publique esa información de la que dispongo y que es sensible de llevar a la cárcel, para el resto de sus días, a varios de los implicados en los tres casos citados: «mafia judicial española«, «clan Botín» y «caso Bar España«.
Sí, sé que probablemente la mayoría de los lectores desearían que en este último Editorial pusiera la mierda delante del ventilador, pero soy yo quien se juega la familia: con todos mis respetos, mis lectores no arriesgan nada…
Sería una irresponsabilidad por mi parte poner en riesgo a los míos por lo que esa documentación (de los tres casos citados) -como muy bien conocen mis poderosos enemigos- se encuentra perfectamente resguardada y en el caso de que a mi familia o a mí nos ocurriera el menor percance, ya está prevista su inmediata difusión a los medios de información internacionales más prestigiosos (todavía existen medios -evidentemente no en España, sobre todo en los EE.UU.- que, aunque sean igualmente corruptos, sí se hacen eco de estas importantísimas revelaciones) y a todos los organismos y organizaciones internacionales (UE, BCE, ONU, FMI, CIA, FBI, Reserva Fedederal norteamericana, Amnistía Internacional, Reporteros sin Fronteras… etc). Tanto es así que yo creo que alguna presidente de Banco, algunos cuantos jueces y fiscales, algunos políticos e incluso algún religioso, deberían rezar todos los días para que ni a mi familia -ni a mí mismo- nos ocurra el menor accidente, para que no tengamos, siquiera, un involuntario esguince de tobillo al cruzar una calle, o a que un simple constipado acabe convirtiéndose en una pulmonía.
Salgo huyendo de España porque «la mafia judicial española» iba a ingresarme ya en prisión; sin entrar en más detalles (que ni puedo ni debo ofrecer) he sido conocedor de que -antes, incluso de que mi abogado haya recibido ninguna comunicación oficial- el CNI ya ha hecho llegar a la Interpol mi identificación para impedir que pueda volar desde ningún aeropuerto de Europa. Esta arbitrariedad judicial y policial (la enésima que recibo) me ha sido advertida desde dentro de «la casa» (que es como los agentes denominan al CNI) e iba a ser ejecutada en plena jornada postelectoral, cuando toda la atención informativa estaría centrada en el resultado de las elecciones.
Así las cosas me ha tocado precipitar mi salida de España (que ha  resultado toda una odisea para poder volar desde un país no europeo) y refugiarme en el país donde ya estaré cuando ustedes lean esta Editorial (y que por supuesto no voy a desvelar), sin ninguna certeza de qué, ni cómo voy a poder vivir: ahora sólo pienso en las próximas 24 horas y espero que Dios no me abandone en mi nueva condición de «fugitivo» -no de la justicia- de la «mafia judicial española.
Pero no sólo abandono España; me rindo ante la evidencia: he sido completamente derrotado.
Quisiera pensar que mi lucha ha servido de algo (aunque en estos momentos todo me invita al pesimismo y la melancolía), quisiera creer que todo este calvario -además de ser bien visto por los ojos de Dios- haya contribuido a despertar alguna conciencia, pero repito, es mucho el dolor, y ahora sangra tanto mi herida, que soy incapaz de advertir que quizás haya algo de positivo más allá del llanto que, literalmente, empapa la cuadriculada libreta sobre la que escribo en la mesita plegable del avión que me transporta rumbo al más incierto de los futuros.
Hasta aquí he llegado. Ya no tengo más munición, ni tampoco tengo más emoción; se me acabaron las balas y se agotaron las fuerzas.
Seguro que habrá quién pensará que debería haberme entregado pero, ya ven, una cosa es haberme dejado la vida en la batalla, convertirme, de hecho, en un mártir por la causa. Pero no tengo vocación alguna de héroe, ni debo hacer pasar a los míos por el dolor añadido de saberme encarcelado.
He sido derrotado pero no me he rendido.
Declaro solemnemente que ya se ha terminado mi lucha contra el sistema, pero no me he entregado.
Creo que la única obligación -y también el único derecho- que me asiste, es el de impedir, por todos los medios a mi alcance, que el enemigo me detenga y me ingrese en prisión.
Sólo por cinco de las 11 querellas que, hasta día, de hoy tengo interpuestas (porque aunque todavía no tenga comunicación judicial, sé que existe, al menos, dos nuevas denuncias más contra mí) me piden más de veinte años de cárcel.
La Fiscalía General del Estado ha dado órdenes expresas de que los fiscales soliciten las máximas penas posibles…
Qué justicia puedo esperar de los jueces cuando el
propio Consejo General del Poder Judicial es uno de mis querellantes, cuando he denunciado con nombres y apellidos a jueces y fiscales pederastas y violadores de niños, a jueces y fiscales vendidos al Banco de Santander, a jueces y fiscales que en el caso de pederastia conocido como «caso Kote Cabezudo» han prevaricado defendiendo al pederasta y diputado del PSOE, Odón Elorza, y actuando en contra de las víctimas…
Salgo huyendo de mi ingreso en prisión y abandono definitivamente la lucha.
Espero que ustedes comprendan mis motivos aunque, si les he de ser sincero, en estos momentos me resulta absolutamente indiferente qué es lo que puedan o no pensar de mi decisión
No sé si cerrará o no LNT lanuevatribuna.com con mi marcha. Me gustaría que resistiera el envite, que los más activos colaboradores siguieran adelante con el periódico, aunque sé que resulta altamente improbable que pueda seguir funcionando por todo el riesgo que comporta ponerse al frente del timón de este barco.
Qué triste no tener la capacidad de explicar a la gente que vamos hacia la destrucción de la humanidad. Qué doloroso saber que han convertido al hombre en mero robot del sistema y que encima se cree libre porque puede meter una papeleta en una urna cada vez que se monta una orgía de supuesta democracia. Qué dolor ver cómo se han destruido los valores que nos convirtieron en lo que fuimos, el calor del hogar, la familia como célula básica de la sociedad, la comunicación entre hijos y padres, la pérdida del concepto de autoridad del padre y del maestro, la nula atención que se presta a los ancianos. Qué angustia comprobar cómo el hombre ha dado la espalda a Dios, cómo le importa un bledo la naturaleza, su tierra, su pueblo, su barrio, su ciudad, su patria o su raza. Qué descorazonador comprobar como el hombre blanco ya no procrea y augurar que los europeos desaparecerán en unas décadas invadidos por otras subculturas que además engendran hijos como conejos. Qué desconsuelo saber que existe un genocidio permanente del «no nacido», que la mujer se sienta más libre por tener derecho al aborto, o por trabajar fuera de casa por un salario de miseria, mientras los hijos son cuidados por «canguros» en unas casas que ya no huelen a comida sino a ambietadores, ambietadores que parecen querer disimular la falta de olor a hogar. Qué desaliento comprobar que los hombres ya no se revelan, que trabajan como esclavos sin oponerse a las injusticias laborales, que un marido ya no sea garantía de defensa de la mujer y de los hijos (como ocurre con el resto de las especies en las que el macho se preocupa de la seguridad de su hembra y sus cachorros), que la caballerosidad se haya invertido por un amariconamiento políticamente correcto que hace desaparecer del hombre toda su virtud, la virilidad, del mismo modo que el feminismo ha desterrado de la mujer su más envidiable condición: la feminidad. Qué aflición que la izquierda se haya adueñado demagógicamente de la reivindicación de la justicia social (algo que cuando llega al poder le importa un bledo), y que la derecha se haya apropiado del patriotismo (cuando la derecha no conoce más patria que la de los paraios fiscales). Qué pena de patria, qué lástima de Europa, qué dolor de Iberoamérica… todo al servicio del Nuevo Orden Mundial; así es el liberalismo, señores, ¡da igual todo!, es lo mismo que los gobiernos sean conservadores o socialdemócratas, siempre pedaleando por derecha o por izquierda (como tan magistralmente explica Adrián Salbuchi) pero al dictado del Fondo Monetario Internacional, al servicio de los intereses de los Rothschild, de los Soros, de los Botín, del Club Bilderberg…
No puedo olvidar en mi última editorial a todos los colaboradores de La Tribuna de España que, desinteresadamente, han escrito durante estos últimos tres años para todos ustedes. Como no quiero olvidar a ninguno (y aquí, en el avión, no dispongo del listado) -y están en la memoria de nuestros lectores- no los enumeraré, pero a todos y cada uno de ellos los llevo en mi corazón. Y especialmente a quienes ustedes ni conocen (porque no firman artículos) pero que siempre han estado ahí apoyándome emocionalmente, económicamente, pasando a formar parte casi de mi propia familia. No les nombro porque ellos ya lo saben, y porque por su propia seguridad mejor que permanezcan así, en el más absoluto anonimato.
Tengo especial emoción al recordar todo el apoyo que hemos logrado tener desde fuera de España: desde Argentina con mi maestro Adrián Salbuchi, con mi compañero y camarada Juan Manuel Soaje Pinto -director de la televisión Canal TLV1-, con el catedrático Alberto Buela), desde México (con nuestro corresponsal Hugo González, con el profesor Mario Becerra, con María Espinosa, con mi paisano Jorge Octavio Fernández, con Saúl Morales, con David Haquet, con Lorena Ochoa…), desde Chile (con nuestro corresponsal Álvaro Cárcamo, con Werner Schröder y Mario Gutiérrez Cifuentes), desde Bolivia (con la grandísima Andrea Victoria Cano y con Pablo Adolfo Santa Cruz de la Vega -líder del Movimiento Veganista-) desde Perú (con Savitri Guillen), desde Alemania (con Alana Bigs y Mattias Deyda), desde Portugal (con Màrio Machado), desde Italia (con Francesca Rizzi), desde Francia (con Yvan Bwenedetti), desde Polonia (con Adrianna Gasiorek)…
Todo esto, para un medio que subsiste al margen de la publicidad institucional y que nunca contó con un sólo euro para gastos, me parece que es un plantel inigualable y un meritorio logro que hemos conseguido por nuestro estilo periodístico, por nuestra línea de pensamiento, por nuestro enfrentamiento frontal al liberalismo y por nuestra lealtad incondicional a unos valores supremos.
Probablemente todo el trabajo periodístico de La Tribuna de España (y de su sucesora LNT lanuevatribuna.com) haya sido reconocido mucho más fuera de España que en nuestra propia nación
Sin ningún medio y mientras otros supuestos disidentes se han dedicado a pedir el voto para la extrema derecha española, nosotros conseguimos crear toda una red de colaboradores en Iberoamérica, especialmente gracias al impulso de La Tribuna Radio (que fue rescatada -tras sufrir la enésima traición- gracias a Andrea Victoria Cano). Por camaradas como ella, Andrea Victoria Cano, es por lo que me duele especialmente tener que abandonar la lucha; piensen en todo lo que está sufiendo Bolivia; pues, pese a todo lo que tienen encima, Andrea Victoria Cano no sólo siguió emitiendo su programa semanal «Vocera de La Vega» sino que, desde La Paz, ha asumido tácitamente la dirección de La Tribuna Radio y exclusivamente gracias a ella hemos sido capaces de tejer una red de corresponsales que abarca desde Tierra de Fuego hasta California y una audiencia como medio de referencia radiofónico de la Tercera Posición en toda Iberoamérica.
¿Se va a perder todo ese trabajo?
No lo sé; sólo sé que yo ya no puedo más.
Lo mismo que LNT lanuevatribuna.com, pongo a disposición de los más directos colaboradores el medio, y me encantaría que siguieran adelante sin mí. Pero lo único que ya puedo aportarles es mi aliento y mi cariño: nada más; no tengo más que ofrecer a estas alturas de mi vida. Ni siquiera puedo ayudarles con mi experiencia, ni colaborar con ellos escondido entre bambalinas. Por mi salud mental y porque así se lo he prometido a mi familia (a los que siempre dejé de lado para entregarme a la causa) me retiro vencido y desarmado: desgraciadamente no puedo retirarme en un Monasterio de Yuste -como hizo el inmenso Carlos V- y, por el contrario, debo pasar el resto de días que Dios quiera que viva como un fugitivo, como un delincuente que huye de la ¿justicia?.
Y si he de hacerlo que sea como decía Fray Luis de León:
«Aquí la envidia y mentira
me tuvieron encerrado.
Dichoso el humilde estado
del sabio que se retira
de aqueste mundo malvado
y con pobre, mesa y casa
en el campo deleitoso
con sólo Dios se compasa
y a solas su vida pasa
ni envidiado, ni envidioso».
Ojalá algún día pueda volver al suelo patrio, en lo que seguro ya no será España, porque la maldad de los amos del sistema, el aprovechamiento de sus parásitos con inmunidad judicial y sobre todo, porque la indiferencia de la inmensa mayoría de los españoles habrá permitido el imperdonable crimen de la destrucción de la patria.
Sólo quiero terminar recordando a la inmensa mujer que ha vivido todo este calvario a mi lado y que, desgarradoramente, ahora no puedo tener conmigo: ojalá Dios permita que, más pronto que tarde, pueda volver a dormir agarrado como una lapa a «mi Mariajo».
Termino con dolor mientras el avión continúa surcando el océano: ha pasado casi dos horas desde que comencé este escrito repleto de tachaduras y rectificaciones. Aún me quedan seis horas hasta llegar a mi destino.
Vencido (que no rendido), huido (que no entregado), abandono aquí mi lucha. Lo repito por si a alguien le queda alguna duda: lo he prometido a mi familia y yo siempre cumplo mis promesas. Creo que bien merecen, al menos, que no siga agudizando su dolor y los posibles «daños colaterales».
Ojalá haya alguien recoja mi testigo.
Ojalá quienes ya llevan años luchando, desde otras trincheras -pero con la idéntica rectitud de intenciones- no se vean sometidos a toda la descarga de artillería del sistema que yo he padecido, y puedan resistir en sus posiciones. Desgraciadamente no creo que esto sea así.
Soy la última víctima. No he sido la primera ni tampoco, desgraciadamente, voy a ser la última. Ahora irán a por otro, a por quien más daño les esté haciendo. Que se ate bien los machos mi compañero Armando Robles, director de Alerta Digital. Que tenga cuidado mi buen amigo, el escritor Fran Gijón. Toda precaución es poca para mi admirado Mario Díaz, abogado contra los violadores de niños y su asociación Justicia Poética. Máxima vigilancia a los realizadores (por mucho que ahora estemos distanciados) del excelente programa radiofónico «Aquí La Voz de Europa«…
Les infiltrarán ratas miserables, les acosaran judicialmente, les asfixiarán económicamente y Dios no quiera que también les obliguen a salir huyendo de una patria que dejó de ser madre para convertirse en una mala madrastra.
Como decía Machado:
Si al cabo nada os debo,
me debéis cuanto he escrito…”

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